miércoles, 16 de abril de 2014

Buenaaaaaaaaaaaaaas. Otra vez.
Estoy aquí de nuevo, sí. Pero no es casualidad, ni aburrimiento. Estoy aquí porque quiero decir algo, pero no me sale. Intento sacarlo, pero está tan al fondo que necesito gritarlo. Y la escritura es una forma de grito. Silencioso, pero un grito, al fin y al cabo. Y eso es lo que me hace falta justo ahora.
¿No tenéis a veces esa sensación de que os falta algo? No sabéis el qué, pero os falta. Eso es lo que me pasa a mí justo ahora. Aquí sentada en mi terraza, con un café recién hecho, el ordenador, y el sol, naranja, al fondo, miro al cielo y siento que todo es perfecto... pero que falta algo.
Normalmente, cuando me pasa esto, me voy a la calle. Salgo, camino, me despejo. Y siempre voy al mismo sitio. Siempre. No creo que lo cambie nunca. Es un sitio que me transmite mucha paz. Hierba, cielo, más hierba y más cielo. Y lo mejor de todo: no hay gente.
A veces, las personas me provocan una sensación como de ahogo, y no ver a nadie, ni siquiera un puntito al fondo, me relaja. Me tumbo y respiro. Respiro. Profundamente. Respiro.
Y entonces, siento que se acerca el momento; el momento de soltar lo que llevo dentro, de desahogarme, de gritar. Y entonces lo hago. Grito. Fuerte. Puede que creáis que me lo estoy inventando, pero no. Grito. Me gusta gritar. Te liberas de todo, y sientes alivio, emoción, adrenalina.
Si no lo habéis hecho nunca, deberíais probarlo. Es como una terapia.
Normalmente, suelo gritar. Pero hoy no. Hoy no siento ese deseo de desahogarme, de gritar, de destrozarme la garganta. Hoy, en vez de salir a flote, me hundo. Cada vez más. Tocaré fondo, sí. Pero ahora mismo me hundo. No hago otra cosa, más que hundirme.
Hoy no salgo, no grito, no corro. Hoy lloro. Hoy me acurruco, me encierro en mí misma.
Hoy estoy tocada, y hundida.

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